La carretera como vía de escape

La carretera como vía de escape

Cuando mi mente se vuelve demasiado ruidosa, echo a andar. No lo hago por ponerme en forma, ni por ser productivo, ni por llegar a ninguna parte; lo hago para escapar del estruendo que llevo dentro. Trato la carretera como si fuera una señal de salida, una luz que brilla en silencio cuando todo lo demás parece cerrarse sobre mí. Caminar es el único momento en el que mis pensamientos se ralentizan lo suficiente como para dejarme respirar sin sentirme culpable por ello. Hay algo que te devuelve a la tierra en el hecho de poner un pie delante del otro. Le da a mi cuerpo una tarea sencilla cuando mi mente está enredada en preguntas que no sabe responder. Mientras el pavimento se extiende ante mí, dejo que mis pensamientos fluyan sin intentar corregirlos. No los anoto en un diario. No los analizo. Simplemente dejo que existan, flotando a mi lado mientras avanzo. A veces, esa es la única forma de paz que soy capaz de alcanzar. Cuando la depresión aprieta, quedarse quieto resulta peligroso. Mis pensamientos se vuelven hacia dentro, afilados e implacables, reproduciendo en bucle recuerdos, dudas y los peores escenarios posibles. Caminar interrumpe ese ciclo. El ritmo de mis pasos se convierte en un ancla silenciosa que me devuelve a mi cuerpo cuando mi mente quiere desaparecer en sí misma. Cada paso se siente como un pequeño acto de resistencia contra el peso que cargo. En los días en que el trastorno bipolar II me trae una energía inquieta o ideas que se atropellan, caminar ayuda a drenar el exceso sin juicios. No tengo que dar explicaciones a nadie. No tengo que estar «disponible». La carretera no me pregunta por qué estoy ahí ni a dónde voy. Simplemente me acepta tal como soy: pensamientos caóticos, corazón pesado, paso irregular. Algunos días camino rápido, como si huyera de algo. Otros días me muevo despacio, apenas levantando los pies, pero sigo adelante a pesar de todo. Hay momentos en los que el mundo parece extrañamente tranquilo mientras camino. El sonido del tráfico, el crujido de las hojas, voces lejanas... todo se funde en un zumbido de fondo que me recuerda que sigo siendo parte de algo ajeno a mi cabeza. Incluso cuando me siento desconectado de la gente, el acto de recorrer el mundo me ayuda a recordar que sigo existiendo en él. Estoy aquí. Me estoy moviendo. No estoy estancado, aunque por dentro lo parezca. No pretendo que caminar lo solucione todo. No borra mis trastornos ni despeja mágicamente mis pensamientos. Pero crea espacio. Espacio entre el tormento y yo. Espacio para sobrevivir al momento sin rendirme ante él. A veces, ese espacio es la diferencia entre sentirse atrapado y sentir que tengo una opción. Tratar la carretera como una vía de escape no significa que esté huyendo de la vida. Significa que elijo quedarme. Cada paseo es una promesa silenciosa que me hago a mí mismo: *seguiré adelante, aunque hoy lo único que pueda hacer sea avanzar paso a paso*. Y, por ahora, con eso basta.

feb 08